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Una mirada al consumo de ocio audiovisual

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Televisión e Internet. Dos axiomas aparentemente contrapuestos pero con una indiscutible predisposición a encontrarse. Desde hace años se augura una fusión entre ambos conceptos.

Quizá erroneamente (para ser políticamente correcto) nació de Telefónica la idea de Imagenio, que asoció a sus productos ADSL, pero que poco tenía que ver con lo que tiene que ser el resultado de una evolución y conceptualmente tiene todavía menos que ver con lo que sería dicho resultado.
Una evolución que requiere de una serie de factores para su culminación. El primero, la normalización de las tarifas de conexión a Internet, sumado al acceso universal a esta tecnología. Además, según la televisión se mueve cada vez más hacia el mundo digital en el mercado de consumo (y hablamos de televisión, no de vídeo o soportes domésticos que ya llevan haciendo sus andadas desde tiempos inmemoriales), las conexiones que acercan Internet a todo el mundo se abaratan y mejoran tecnológicamente. Van surgiendo nuevas alternativas que nos permiten conectarnos desde casi cualquier rincón. Y aunque todavía existen limitaciones en muchos ámbitos, el horizonte que se vislumbra no solo pinta bien, sino que está más cerca de lo que podamos pensar. Es posible, aunque sea especular, que alcanzar este horizonte quede más en manos de los intereses de las grandes corporaciones de la televisión que de los avances tecnológicos, que ya lo hacen posible.

Televisión a la Carta, un primer paso conceptual, no fáctico

Este concepto ha existido desde hace mucho en el mundo de la televisión. Aunque no en España, en los EEUU existe una tecnología denominada TiVo. Poco a poco son algunos fabricantes que intentan incorporarla a la TDT y la televisión satélite de nuestro país. Pero volvamos al otro lado del charco donde lleva funcionando muchos años. TiVo nos permite programar la grabación de nuestras series y programas preferidos, de cualquier canal y en cualquier forma, con la ventaja de que, a diferencia de lo que ocurría con los vídeos analógicos de antaño, solo tenemos que determinar el nombre del programa, o su género u otras variables que nos permitan detectarlo. Así pues y como nos ocurre a la mayoría de los mortales, si nos encontramos todo el día trabajando existirá numerosa programación que «nos perderemos». Gracias a TiVo, esta cajita no solo nos conservaría el programa para nuestro disfrute posterior, sino que además los suscriptores podrían disfrutar de él bajo requerimiento sin cortes publicitarios o «publicidad específica». Lo más cercano que ha llegado a estar TiVo de Internet de momento es la posibilidad, a través del sistema TiVoToGo, de descargar los contenidos a nuestro ordenador.
Claro que la «televisión a la carta», en su definición más estricta, no tiene mucho que ver con TiVo aunque su resultado sea más que encomiable. Por «a la carta» se entiende que en tiempo real, el usuario (o televidente) elige el programa que quiere ver en ese mismo instante, sin haber tenido que planificar nada. Es muy cierto que TiVo hace una simulación de esta labor, algo que «tiene que ser así» dado que la tecnología televisiva es secuencial.
Para poder explicar esto en términos más planos, podemos extrapolar este concepto al mundo de la gastronomía, algo que iría muy bien con algo denominado «a la carta». Si nos encontramos en un restaurante y solicitamos al camarero un entrecotte, lo lógico sería que éste nos fuera entregado en un período razonable, es decir, para comer cuando nosotros deseamos. Si el camarero nos dijera algo así como «disculpe señor, pero el cocinero solo hace entrecotte los martes y los jueves, pero si lo desea puede esperar» entenderíamos no solo una situación absurda, sino lo que ocurre actualmente con la televisión, y concretamente con TiVo.
Si nosotros queremos ver la serie que explica la evolución del mundo de las canicas, no nos bastará con «pedirla», tendremos que esperar hasta que se emita para su disfrute. En la televisión a la carta, solo habría que asegurarnos de que se encuentre entre el menú y la podríamos ver inmediatamente. No seríamos víctimas de aquellos programas que no van dirigidos a nosotros y elegiríamos de forma exacta lo que queremos ver. Además de ser una gran ventaja para el usuario, lo es también para las productoras, pues pueden medir sin tener que atender a los caprichos de los canales de televisión (muchos de ellos coproductores de los programas) el verdadero impacto que tiene su programa sobre una audiencia real, no sujeta a horarios.

Internet nos trae ya la televisión a la carta

¿Qué tiene que ver toda esta parafernalia con Internet?. Mucho. Lo que la televisión digital no está consiguiendo lo está logrando Internet, y este podría ser uno de los puntos de confluencia que nos permitiría hablar, sin que nos tiemble el pulso, de televisión por Internet.
No deja de ser irónico considerar que los pioneros no fueron los blogs, o páginas temáticas, en ofrecer programas a la carta. Concretamente fue en un mundo más lúdico y de discutida moralidad, es en las páginas de sexo, en aquellas en las que la programación a la carta comenzó a extenderse. No es ninguna broma. El problema es que tendemos a confundir «descargar un vídeo», con elegir un programa para su visionado y descargarlo en nuestro ordenador… previo pago. Esta modalidad ha hecho que muchas productoras de porno hayan cambiado su forma de concebir la distribución de las producciones, y ha hecho que muchos pequeños hayan llegado a ser grandes. Por supuesto que aquí estamos hablando de un ámbito monotemático (aunque hay muchas gamas cromáticas en él), pero afortunadamente las cosas han cambiado ya al otro lado del charco.
Hay dos gigantes a los que quiero agradecer que la televisión por Internet cada vez esté más cercana: YouTube y Apple. Ambos a su manera, han permitido que podamos seleccionar nuestros programas y visualizarlos a través de nuestros ordenadores con una simple conexión a Internet.
En el caso de Apple la concepción de su modelo de negocio es excepcional. A través de su tienda iTunes vende episodios de series, programas y documentales a precios muy asequibles y sin que exista límite horario. La calidad en la que son descargados los vídeos es muy aceptable, llegando incluso en donde esté especificado a la franja baja de la alta definición (480i). De esta forma, donde antes las productoras percibían los beneficios por la compra de los derechos de los canales, y los canales a través de los derechos adquiridos de publicidad, ahora existe un medio de recaudación y control mucho más directo y claro: «esta serie me gusta, voy a comprar los episodios». Es cierto que ahora mismo, la aparición de susodichos episodios va acompasada por su emisión en televisión, pero se atisba un futuro en que será Internet el que marque esta pauta.
En España esto no funciona. Apple comercializa un producto denominado AppleTV que nos permite visualizar todo el contenido visual de nuestro iTunes en nuestro televisor sin utilizar cables. La cajita en cuestión sería como un TiVo pero cuyos contenidos hemos adquirido a través de Internet (o los hemos codificado nosotros, algo que no se facilita ni está al alcance de la mayoría de los usuarios). Así como el AppleTV está dotado de un relativo éxito en los EEUU, en España es un desconocido porque la iTunes Store española está muy castigada por la rígida (y a menudo dudosamente justa) política de derechos de autor de nuestro país. Existe cierta fatiga intelectual y cierto recelo de los artistas, y especialmente de aquellos que les representan, hacia Internet. No lo contemplan como el canal de comunicación del futuro sino como la vía por la cual sus beneficios por derechos de autor se pierden. Es un abismo de desconocimiento a lo que no se sabe cómo va a reaccionar. Este es el principal impedimento para el crecimiento de la televisión en Internet: el miedo de los artistas a la facilidad con la que se propagan los contenidos. Curioso, porque a las cadenas de televisión norteamericanas a menudo se las refiere como broadcasters, que significa «propagar» o «divulgar». Cualquiera puede «copiar» lo que están emitiendo con un simple magnetoscopio VHS o un grabador DVD. Ahora bien, otra cosa es «colgarlo» en Internet y dejarlo a merced de toda la gente. Mientras estos contenidos no estén disponibles por vías legales y con los incentivos de calidad y seriedad adecuados, los propietarios y defensores de derechos de autor seguirán viendo cómo sus beneficios se ven alterados por Internet. En EEUU se está dando la vuelta a la tortilla: si no puedes con ellos, únete.
YouTube es distinto. Su definición puede ser compleja, pero se puede resumir en que «todo el mundo cuelga lo que quiere». Gracias a la forma en la que está construida la plataforma de software, la copia de los contenidos audiovisuales no es tan simple (aunque posible). Además, la calidad de los mismos está diseñada para poder adaptarse a todas las conexiones, lentas o rápidas, lo que implica bajos bitrates que permiten una visualización correcta, pero no suficiente para un aparato de televisión moderno. Además los contenidos divulgativos de YouTube, aunque con mucha frecuencia transgredan los derechos de autor, muy rara vez son copiados salvo para uso personal, y además pueden significar una magnífica publicidad tanto para series conocidas que buscan nuevo público, como para productores pequeños en estado embrionario que buscan darse a conocer. No hay nada más a la carta que YouTube, pero el contenido no es profesional ni lo pretende. Es un maremágnum de vídeos tan extenso que se encuentra para todos los gustos, y eso lo convierte en una nueva forma de divulgación y entretenimiento distinta a la concepción tan local de televisión que teníamos hasta ahora. YouTube no tiene las herramientas de control que tienen las televisiones, en cierto modo es como comparar los periódicos tradicionales a los blogs de Internet. El segundo no tiene límites. Ahora bien YouTube es una gran corporación con unas normas de juego (por ejemplo, se prohíben escenas explícitas de sexo o desnudez), pero hoy por hoy es lo más cercano que tenemos a la televisión anárquica, que es una de las vertientes que puede tomar la proliferación de la divulgación de contenidos audiovisuales en la red, o lo que es lo mismo, televisión en Internet.

La tecnología está lista

Como he apuntado antes, el principal problema en muchos países para la proliferación de la televisión en Internet reside en la gestión de los derechos de autor, y los peligros que supone la facilidad con que los contenidos digitales pueden ser globalmente distribuidos (por ejemplo, a través de redes P2P como eMule o Gnutella). Si este inconveniente pudiera ser salvado (sin trabas como los DRM o sistemas de encriptación que limitan el uso de los contenidos multimedia), solo cabe decir que con toda seguridad el crecimiento seria exponencial. No sabemos si sustitutivo de la televisión tradicional, pero sí alternativo.
De hecho, la tecnología en la mayoría de los países desarrollados y en vías de desarrollo está lista. Las conexiones ADSL de las grandes ciudades nos permiten visualizar contenidos en alta definición en modo streaming (o tiempo real, sin tener que descargarlo). La proliferación de las redes UMTS y del HSDPA nos permiten conexiones móviles con velocidades de infarto, equiparables a las de las mejores ADSL. Con todo esto, eso significaría que podríamos ver la televisión desde nuestros teléfonos sin hacer uso de otra cosa que no fuera nuestra conexión a Internet. Las tarifas ya se han regularizado, ofreciendo paquetes de datos de precio fijo y cada vez más razonables, con lo que «televisualizar» en Internet no significaría un desembolso adicional importante o considerable. Existen formatos de vídeo para ser descargados que ofrecen grandes calidades en un mínimo espacio, basados en el estándar MPEG-4. Formatos propietarios basados en este estándar, como el Windows Media Video, el DivX® o el Apple MP4 tiene sistemas que evitan o complican la divulgación no  deseada de los contenidos en Internet (pero no impiden su uso o copia con objetivo doméstico, es decir, como debería ser el DRM).
Internet y televisión no son palabras que vayan dadas de la mano. Más bien la televisión tendrá que adaptarse a Internet  y a las nuevas formas de divulgación, y es posible que en un futuro la palabra «televisión» no se refiera más que al monitor con el que vemos nuestros programas preferidos, y no a las emisiones que nos llegan a él.

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